LLEVÓ A SU BEBÉ ESCONDIDA AL TRABAJO PARA NO PERDER SU EMPLEO, PERO EL SECRETO QUE DESCUBRIÓ EN LA HABITACIÓN DEL PATRÓN CAMBIÓ SUS VIDAS PARA SIEMPRE…
El corazón de Jimena latía con una fuerza desbocada contra su pecho, como si quisiera escapar de su caja torácica.

Sus manos, ásperas por el trabajo duro, apretaban con desesperación las asas de una gran bolsa térmica de color azul. Cada escalón de mármol que subía hacia la imponente mansión de la familia Castillo se sentía como una montaña interminable.
La guardería de su barrio, esa pequeña casa de paredes desconchadas que le cobraba una miseria, había cerrado sus puertas sin previo aviso.
Sin familia, sin amigos que pudieran ayudarla y con tres meses de renta atrasada acechando como un fantasma sobre su cabeza, Jimena no había tenido otra opción.
Dentro de esa bolsa térmica, cuidadosamente acomodada entre mantas suaves y con pequeños agujeros discretos para que entrara el aire, dormía Valentina, su pequeña de apenas ocho meses.

Ajena al terror absoluto de su madre, la bebé respiraba con la paz que solo los inocentes poseen.
El aire de la mañana en la Ciudad de México aún era fresco cuando Jimena saludó al portero con una sonrisa que no le llegó a los ojos.
Entró por la puerta de servicio, deslizándose como una sombra por los pasillos de aquella casa inmensa y silenciosa.
Llevaba apenas dos meses trabajando como empleada doméstica para Sebastián Castillo, un joven y exitoso empresario del café de treinta y cinco años que vivía completamente solo en aquella fortaleza de lujo.
Jimena sabía que él solía despertar tarde, así que calculó que tendría el tiempo justo para limpiar la planta alta mientras Valentina seguía dormida. Dejó la bolsa suavemente en el suelo de la inmensa habitación principal, susurrando palabras de calma a su pequeña, y comenzó a arreglar la enorme cama.

Fue entonces cuando lo vio. La puerta del inmenso clóset de madera de caoba, que siempre solía estar cerrada con llave, había quedado entreabierta.
Una mezcla de curiosidad y deber la empujó a acercarse para cerrarla, pero al asomarse, un escalofrío helado le recorrió la espina dorsal. Las paredes enteras del vestidor no estaban cubiertas de ropa de diseñador, sino de decenas, tal vez cientos de fotografías de bebés.
Imágenes en blanco y negro, recortes de revistas, fotos a color de niños sonriendo, durmiendo, jugando. Todos parecían tener la misma edad que su Valentina. El terror la paralizó. ¿En qué clase de casa se había metido? ¿Quién era realmente el hombre para el que trabajaba?Folytatás…